La CTC: Obra cumbre del sindicalismo cubano
Alberto F. Álvarez García
Politólogo cubano residente en Canadá
Segundo premio del concurso literario
"El Centenario de la República de Cuba y el Movimiento de los Trabajadores",
convocado por la Solidaridad de Trabajadores Cubanos STC durante el año 2002
Las luchas sindicales en las primeras tres décadas de la República
La Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), constituye la obra cumbre del sindicalismo de la República en sus luchas por alcanzar las reivindicaciones económicas y sociales inmediatas, y en un plano más amplio, por conquistar una sociedad democrática, justa e independiente. A pesar de las imperfecciones que se le puedan atribuir la CTC fue una prolífica princesa en manos de los trabajadores con la que ellos supieron defender sus intereses y obtener sus demandas fundamentales de manera creciente.
La creación de la CTC en enero de 1939 resultó ser la culminación de un largo proceso de evolución del movimiento de los obreros y trabajadores, que en sus rupturas y continuidades, iba perfeccionando sus métodos organizativos, sus objetivos de lucha, sus componentes ideológicos desde el surgimiento en 1866 del sindicalismo en el país dentro del sector tabacalero, gracias a la labor de Saturnino Martínez que también había fundado el año antes, La Aurora, primer periódico sindical de la Isla.
Por esa razón, el año de 1866 marca el comienzo de la primera etapa del sindicalismo cubano que termina en 1925 con la creación de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC). Durante esta etapa fueron realizados el 1er Congreso Obrero de La Habana, 1887, el Congreso Obrero de Cuba, 1892, la creación de la Liga General de Trabajadores Cubanos (LGTC), 1899, y los Congresos Obreros de 1912, 1914 y 1920; así como, la fundación este último año de la Federación Obrera de La Habana (FOH) y de la Hermandad Ferroviaria de Cuba en 1924. A esa etapa inicial del sindicalismo le siguieron otros dos períodos principales en los marcos republicanos: el que comenzó en 1925 con la creación de la CNOC hasta 1939 en que se funda la CTC; y el final, de 1939 con la aparición de la CTC al Primero de Enero de 1959 en que triunfa la Revolución.
Al instaurarse la República el 20 de Mayo de 1902 en el sindicalismo cubano coexistían las tendencias reformistas y anarquistas, y esta última, ya se había hecho predominante en el movimiento de los trabajadores para la década de 1890. Con la entrada a la política nacional de las ideas socialistas, en sus variantes revolucionarias y reformistas, se completó el cuadro ideológico del sindicalismo en la Isla anterior a 1925 a través de la trilogía compuesta por las corrientes anarquistas, reformistas y socialistas. En este período pionero de la actividad sindical se destacaron un grupo de dirigentes, entre los que se encontraban, junto a los reformistas Saturnino Martínez y José de Jesús Marques, los anarquistas Enrique Roig San Martín, Enrique Crecci y Enrique Messonier, el escritor Carlos Loveira, y los líderes socialistas Diego Vicente Tejera (moderado-reformista), y Carlos Baliño, fundador más tarde en los años 20 del partido comunista. En la década del 20 sobresalieron dentro del sindicalismo otras figuras como los anarcosindicalistas Alfredo López y Antonio Penichet; los reformistas Enrique Varona, Juan Arévalo y Luis E. Fabregat, al lado de los comunistas Baliño, Julio Antonio Mella y Raúl Martínez Villena.
Al comienzo de la República el movimiento obrero encontró un país en pésimo estado económico-social y sometido a la presencia de EEUU a través de la Enmienda Platt, situación que no mejoró hasta muchos años después cuando comenzó a normalizarse la economía y la sociedad republicana. Durante las tres primeras décadas del siglo pasado las condiciones de vida y trabajo continuaron lejos de ser aceptables para la mayor parte de la población, por lo que los conflictos políticos y sociales, en especial, entre patronos y trabajadores eran inmensos y constituían terreno fértil para el uso por las asociaciones sindicales de las huelgas, y de otros métodos más radicales y la violencia para alcanzar sus objetivos.
En tal complejo contexto desde la fundación en 1899 de la Liga General de Trabajadores Cubanos (LGTC), las organizaciones sindicales fueron capaces de ir diferenciando los objetivos inmediatos de sus luchas de aquellos a más largo plazo, aunque la falta de organización, de experiencia y de objetivos precisos de acción, con frecuencia, les hizo caer en la confusión en cuanto a las vías más aconsejables para obtener mejores resultados en su gestión, e hizo incurrir a los sindicatos en extremos, unas veces economicistas y de excesiva conciliación con los patrones y las políticas del gobierno, mientras en otras ocasiones, marcharon en la dirección opuesta hacia un sindicalismo de corte radical-revolucionario que priorizaba la toma del poder y se apartaba de esa forma de los métodos de negociación y las políticas reinvidicativas intrínsecas al activismo sindical.
Posterior a la Revolución bolchevique de 1917, la creación de la Tercera Internacional en 1919 y del Partido Comunista de Cuba en 1925, los comunistas comenzaron su ascenso en el movimiento obrero y la batalla por desplazar a los anarquistas y reformistas de su dirección. Así aunque al origen de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), su hegemonía estaba en manos de los dirigentes anarcosindicalistas encabezados por Alfredo López ya hacia 1928 la CNOC fue controlada por los comunistas. Pero en medio del clima dictatorial impuesto por Gerardo Machado, los grandes conflictos sociales, la radicalización de la clase obrera, de los trabajadores, de los estudiantes, de la intelectualidad, y la presencia de líderes sindicales de diferentes orientaciones ideopolíticas, no fueron inconvenientes para que el sindicalismo fuera tendiendo al tono unitario y al pluralismo entre todas sus vertientes y a reiterar la necesidad de preservar una sola central sindical.
A finales de la década de 1920 bajo la influencia de la crisis en los EEUU y mundial, se profundizaron en Cuba a un nivel extremo la crisis económica, los antagonismos de clases y el enfrentamiento del movimiento popular a la dictadura, proceso que culminó con el derrocamiento de Machado el 12 de agosto de 1933, iniciándose conjuntamente a su caída, la bancarrota del sistema oligárquico de dominación de la primera república dirigido por los caudillos mambises, la élite militar y los partidos y agrupaciones políticas tradicionales surgidos después de la independencia. La Revolución de 1930 al 33 contra Machado se vio coronada con el ascenso a la presidencia de la República del Dr. Ramón Grau San Martín que bajo el lema de Cuba para los cubanos con un programa reformista, definido por él mismo de socialista no marxista, nacionalista y antimperialista, decretó un conjunto de medidas que sentaron los fundamentos para la transformación de la vida republicana, del movimiento de los trabajadores y de la legislación laboral y social.
Entre las leyes y decretos principales del gobierno de Grau sobresalieron las siguientes: creación de la secretaría (Ministerio) del Trabajo; establecimiento de la jornada laboral de 8 horas; salario y jornal mínimo; ratificación de la Ley Arteaga prohibiendo el pago de salarios y jornales mediante fichas, vales o tickets; la nacionalización del trabajo estipulando que el 50% de los empleos fueran realizados por cubanos; el reconocimiento del derecho y deber de los trabajadores a sindicalizarse; el derecho a la huelga; aprobó la ley contra la usura, e institucionalizó un sistema de seguros y de retiros para los obreros.
El gobierno de Grau, incluyó además, la nacionalización de la Compañía Cubana de Electricidad, la depuración de la deuda exterior de la república y el repudio de los compromisos contraidos por Machado; la nacionalización de los centrales azucareros de la Cuban American Sugar Company; la reducción de las tarifas de los servicios públicos; el reparto de tierras; la convocatoria a la celebración de una Asamblea Constituyente y dio inicio al proceso para eliminar la Enmienda Platt. A pesar de la corta duración del Gobierno de Grau donde desempeñó un destacado papel Antonio Guiterras y su organización revolucionaria la Joven Cuba, muchas de las leyes sociales y otros elementos avanzados de su programa nacional-democrático continuaron siendo impulsados por posteriores gobiernos republicanos bajo la presión de las luchas de los trabajadores y de las fuerzas progresistas.
En el período de 1925 en que surgió la CNOC a enero de 1939 en que se fundó la CTC, también se manifestaron un grupo de acontecimientos en la actividad de las fuerzas políticas populares y en el sector sindical que dejaron su huella para las etapas posteriores de la política cubana: se percibió la capacidad organizativa de los comunistas para a través del uso de medios conspirativos eficaces apropiarse del control de las organizaciones sindicales; se patentizó las posiciones fructuantes y a veces inexplicables del partido comunista en sus luchas, como cuando éstos al frente de la CNOC pactaron con Machado y abandonaron la huelga general que hubo de derrocarle días después.
Se pudo constatar además que si
bien los comunistas fueron especialmente hábiles en escalar a la cima de los
aparatos sindicales, ello no significaba que contaran con una correspondiente
influencia en las masas de trabajadores, las que no necesariamente seguían sus
orientaciones, como ocurrió, cuando los trabajadores no acataron el pacto
comunista con el dictador en 1933; luego de 1930 las organizaciones sindicales
controladas por los comunistas comenzaron a adoptar estructuras semejantes o
parecidas a las existentes en los sindicatos soviéticos lo que se observó en la
CNOC, en el Sindicato Nacional de Obreros de la Inductria Azucarera (SNOIA) y el
Sindicato Nacional de Obreros del Transporte (SNOT).
Desde 1933 se inició una rivalidad perjudicial entre los comunistas y los
seguidores de Grau y su Partido Auténtico, cuando los comunistas acusaron a Grau
de representante de la burguesía y demagogo y lo combatieron incesantemente
fomentando la desunión entre las fuerzas progresistas. El hecho anterior tuvo
una clara expresión cuando los comunistas en vez de apoyar al gobierno de
Grau-Guiteras se le enfrentaron abiertamente, contribuyendo a su derrota
mediante el uso de la política de huelgas, de agitación y las campañas de
formación de soviets que complementó la acción opositora y subversiva de las
fuerzas reaccionarias encabezadas por Fulgencio Batista.
En esos años apareció y se incrementó gradualmente entre los comunistas la tendencia a copar las organizaciones sindicales dando lugar a una suerte de dirigentes que procuraban eternizarse en los cargos y poco proclives a ser removidos de los mismos, incluso por medios democráticos, ejemplo que fue seguido por Auténticos y otros líderes sindicales. Al igual, se evidenció que por entonces tanto los comunistas, auténticos, independientes, etc, que actuaban en el movimiento sindical no contaban con un predominio absoluto individualmente motivando que todas esas fuerzas contrapuestas en términos de ideologías y de tácticas de luchas debieran aceptar la pertinencia de la unidad entre ellas. Ese ambiente unitario fue estimulado después del VII Congreso de la Internacional Comunista celebrado en 1935, que promovió con el auge de la lucha antifascista el cambio de táctica para sus afiliados, pasando del Frente Único al Frente Popular, orientación con la que los comunistas cubanos incrementaron el virage hacia la unidad con todos los sectores que consideraban democráticos y populares. Tal cambio ayudó al desarrollo de la unidad dentro del sindicalismo nacional, proceso que se consolidó con la adopción por Batista de la vía institucional en la segunda mitad de la década de 1930, acción que sentó las bases para la alianza en 1940 entre los comunistas y Batista.
La caída del gobierno progresista de Grau el 15 de enero de 1934 no impidió que los gobiernos posteriores continuaran al calor de las luchas de los trabajadores perfeccionando la legislación laboral y las medidas sociales, como hubo de suceder en los gobiernos de los coroneles Carlos Mendieta (mediante el Decreto no. 276 de 1934) y de Laredo Bru (con el Decreto no. 798 de 1938).
-II-
La CTC republicana
1939 y 1940 fueron dos años memorables para la historia nacional y el sindicalismo cubano. En 1939 se realizó la Asamblea Nacional Constituyente y se creó la CTC; por su parte, en 1940 se aprobó la nueva Constitución y se efectuaron elecciones democráticas el 14 de julio. La Constitución de 1940 produjo modificaciones al presidencialismo establecido en la Constitución de 1901, introduciendo un régimen semiparlamentario. La Constitución del 40, en la que participaron legalmente los comunistas y todas las fuerzas progresistas tuvo un carácter muy avanzado para su época y constituyó el núcleo central del pacto entre los actores sociales y políticos fundamentales de la nación empresarios, obreros, trabajadores, militares y el Estado con la democracia representativa y las políticas reformistas.
La Constitución de 1940 adoptó las demandas y conquistas fundamentales de los trabajadores de las etapas precedentes e incorporó otras nuevas, creando un conjunto de instituciones novedosas para hacerlas efectivas. Entre los aportes principales de la Constitución en el plano social sobresalen los que siguen: la fijación del salario mínimo para los obreros, incluso para el trabajo a destajo o por ajuste; introdujo el principio de trabajo igual, salario igual; estableció los seguros contra la invalidez, vejez, desempleo y accidentes de trabajo; fijó la jornada máxima de 8 horas y de 6 horas para los mayores de 14 años y menores de 18; introdujo la semana laboral de 44 horas equivalentes a 48 horas de salarios; el derecho al descanso retribuido proporcional; la protección a la maternidad obrera y el descanso para las embarazadas de 6 semanas antes y seis después del parto.
La Constitución del 40 contempló el derecho de los trabajadores a la sindicalización y a la huelga; los contratos colectivos de trabajo; la participación preponderante de los cubanos en el trabajo; la igualdad de oportunidades sin discriminación de ningún tipo por razones raciales, de sexo etc; prohibió el despido sin expediente previo; legisló la obligatoriedad del cumplimiento de las leyes sociales por parte de los patrones, y estableció, el procedimiento de comisiones para dirimir los conflictos entre patrones y obreros. Como ha escrito Efrén Córdova: "Ninguna Constitución de esa época había llegado tan lejos en darle su máxima consagración a esas normas, la Revolución de 1933 que tantas frustraciones y vicisitudes había causado, pudo florecer de modo admirable en el campo social y del trabajo".
Aunque la historiografía revolucionaria y marxista trata de obviar, y con frecuencia, ignorar totalmente los avances alcanzados en materia social y sindical durante la República, y en particular, por la Constitución de 1940, argumentando que éstos quedaron en el papel en realidad no ocurrió así y una cantidad importante de las conquistas sociales enunciadas en la Constitución fueron cumpliéndose posteriormente si bien no se adoptaron en su totalidad, y sin eludir que hubo exclusiones y restricciones reprochables como ocurrió en la cuestión racial, el sector campesino, entre los desempleados y en sectores no sindicalizados.
Con el gobierno de Batista de 1940 a 1944 que inauguró la segunda república (1940-1958), la actividad sindical fue perfilando además un grupo de rasgos algunos de cuales mantuvieron su validez hasta el período revolucionario después de 1959, los que pasamos a describir: el movimiento de los trabajadores y las fuerzas políticas progresistas y los sindicatos en específico tuvieron en la Constitución de 1940 el arma fundamental para la defensa de sus intereses sectoriales y los generales de la nación en el plano de la democracia política y social; en el período de la lucha internacional contra el fascismo y de los cambios democráticos internos en torno a la Constitución se sentaron las bases para reafirmar la tendencia unitaria y pluralista dentro de la CTC, lo que se manifestó en los cuatro primeros Congresos de la organización realizados entre 1939 y 1944, donde se logró la participación amplia de los trabajadores y la elección de directivas unitarias. En ese período el movimiento sindical de una postura radical y contestataria que en sus momentos extremos llevó al sindicalismo a impulsar acciones proclives a la toma del poder y a la revolución, tareas que no le corresponden al movimiento sindical, demostró el grado de madurez alcanzado y dio a su actuación una tónica moderada basada en el respeto a las instituciones, las leyes sociales y de acatamiento a la Constitución.
En los cuatro Congresos iniciales de la CTC realizados en 1939, 1940, 1942, y 1944 fue electo Secretario General el líder comunista Lázaro Peña González que con independencia de los errores que pudo cometer dedicó toda su vida a las luchas obreras y fue partícipe de muchos de sus logros. Más tarde, los años de 1944 a 1959 fueron testigos de profundas transformaciones en la vida política nacional, el movimiento de trabajadores y la CTC. En el contexto internacional se produjo el fin de la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra de Fría; mientras en la nación se consumaba el 1ro de junio de 1944 el triunfo de Grau y el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) frente a la Coalición Socialista Democrática, en la que los comunistas se habían aliado a Batista desde 1940, asociación que entre otras cosas permitió el control de los comunistas en la CTC.
Con el triunfo del Gobierno Auténtico las cosas cambiaron en el movimiento de los trabajadores y la corriente sindical de ese partido encabezada por Eusebio Mujal apoyada por algunos independientes como Angel Cofiño, pasaron a controlar la CTC a partir de su V Congreso en que Cofiño fue electo Secretario General. En realidad, en 1947 se efectuaron dos V Congreso de la organización; el primero, en mayo controlado por los comunistas, donde fue elegido Lázaro Peña, y en el mes de julio el de los Auténticos ya mencionado. En los Congresos posteriores de la CTC oficial (Auténtica) del VI al IX ocurridos en 1949, 1951, 1953 y 1956 resultó electo Secretario General Eusebio Mujal. Es el período de la más ardua división de la CTC donde convivieron dos organizaciones paralelas la CTC (llamada Unitaria) bajo el dominio comunista y la CTC-oficial-Auténtica.
La división de la CTC constituyó un duro golpe para el movimiento de los trabajadores, no obstante, que con el apoyo de los Gobierno Auténticos la CTC-oficial consiguió alcanzar el cumplimiento de muchos aspectos de la legislación laboral establecida y la representación de los trabajadores en numerosos conflictos laborales. Con el Golpe Militar de Batista el 10 de marzo de 1952 en medio de la crisis y el descrédito del Gobierno Auténtico de Carlos Prío Socarrás (1948-1952) y la frustración popular, se produce un nuevo reajuste de las relaciones entre el gobierno y la CTC que concluye con la supeditación de la dirección sindical encabezada por Eusebio Mujal a Batista. La colaboración de Mujal con la dictadura batistiana incrementó la división en el movimiento sindical y más allá del valor que pudieran haber tenido los beneficios económicos y laborales obtenidos para los trabajadores con aquella unión colocó a las directivas sindicales oficiales del lado de la dictadura, lo que condujo a divisiones irreconciliables al interior de la CTC, y estimuló, la formación de organizaciones de trabajadores opuestas a Batista con diferentes orientaciones social-católica, Ortodoxas, Comunistas, Auténticas, del Movimiento 26 de Julio, etc.
Se puede asegurar que de los momentos esenciales de la lucha revolucionaria contra Batista iniciada en 1953 bajo la dirección de Fidel Castro, el Movimiento 26 de Julio y otras organizaciones como el Directorio Estudiantil, el Partido Comunista estuvo ausente, tanto en las luchas políticas como sindicales; así fue en el ataque a los cuárteles Moncada y Goicuría, el Alzamiento de Cienfuegos, el ataque al Palacio Presidencial, el Granma y la lucha en la Sierra Maestra. Sólo en septiembre de 1958 el Partido Socialista Popular (PSP), nombre que adoptaron los comunistas en 1944, fue que éstos enviaron a Carlos Rafael Rodríguez a la Sierra Maestra y autorizaron a su militancia a incorporarse a las acciones armadas urbanas y rurales y al Ejército Rebelde, y al unísono, comenzó a incrementarse la participación comunista en las actividades y los Congresos Obreros y Campesinos dirigidos por el 26 de Julio. El colaboracionismo de la CTC con los gobiernos Auténticos y de Batista mostró los elevados costos y perjuicios que trajo a la CTC la pérdida de la autonomía como organización sindical en aras de obtener ventajas económicas inmediatas y el reconocimiento oficial.
No obstante estas deficiencias es posible afirmar que aunque antes de 1959 se mantuvieron muchas tendencias perniciosas en la República, la que no pudo eliminar su carácter subdesarrollado ni la dependencia con los Estados Unidos, las reformas implementadas en la nación con el respaldo de las luchas de los trabajadores, los estudiantes, otros sectores sociales y sus organizaciones, y en particular de la CTC, permitieron obtener en Cuba en la etapa de 1933 a 1958 considerables niveles de crecimiento económico y significativas conquistas en el terreno social, la mayoría de las cuales fueron mencionadas antes. Merece la pena agregar a lo dicho, que en los 5 años que antecedieron a la Revolución de 1959 la tasa promedio anual de crecimiento económico fue de 3,5%, cifra no desdeñable en medio de la guerra antibatistiana. En los años 50 a pesar de las grandes desigualdades sociales y estructurales entre lo urbano y lo rural, la capital y el resto del país, la contradicción entre el capital doméstico y el extranjero, la polarización del ingreso, el alto desempleo, etc, las políticas reformistas implementadas desde la década de 1930 mostraron avances de consideración al comparar a Cuba con América Latina: el ingreso per cápita era el tercer lugar en la región; era el segundo país en número de líneas telefónicas y en consumo de calorías; en 1953 el país se situaba en el lugar 22 en el mundo en médicos por habitantes, el tercero en los niveles más bajos en la mortalidad infantil en la región, y a fines de los 50 tenía en ese renglón el mejor índice de latinoamérica.
En 1958, en cuanto al nivel de lectura ocupaba el puesto 33 entre 112 naciones del mundo; en salud pública tenía una cama por cada 190 habitantes, y a pesar de la deficiente calidad del servicio en muchas instituciones médicas y hospitales, esa cifra era más baja que la meta de 200 camas establecida por países desarrollados en ese tiempo. Ese año, Cuba era el octavo lugar mundial en el pago de los salarios a los trabajadores industriales, contando con el mayor presupuesto latinoamericano en educación. En artículos suntuarios poseía un televisor por cada 28 personas, cuarto en el mundo y segundo latinoamericano, un radio por cada 5 habitantes y un automóvil por cada 40.
En aquellos años se alcanzaron importantes progresos en la creación de industrias y en la diversificación de la producción, atenuándose la monoproducción sin alcanzar la diversificación de la exportaciones; en medio de ese intento modernizador-reformista se fundaron instituciones claves para la organización de la economía, entre las que se destacaron, la Junta Nacional de Economía, 1943; el Banco Nacional, 1948; el Banco de Fomento Agrícola, 1950, y hubo cambios en la política comercial orientados a la diversificación del comercio a partir, sobre todo, de 1948 con la sustitución del Tratado de Reciprocidad Comercial con Estados Unidos por el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (AGAC); en 1934 ya había sido abolida la Enmienda Platt.
Al triunfo de la Revolución en 1959 brilló la esperanza de los cubanos quienes creyeron que había llegado finalmente la oportunidad para conseguir la sociedad democrática, el desarrollo y la soberanía nacional a que aspiraban desde la época de las guerras de independencia. En ese escenario el movimiento de los trabajadores y los dirigentes sindicales, entre los que jugaron un valioso papel los sindicalistas del 26 de Julio encabezados por David Salvador, se dispusieron con entusiasmo a restructurar la CTC para apoyar la revolución y continuar la defensa de los trabajadores. Pero al optar el liderazgo cubano por el Socialismo de Estado de corte stalinista los sindicatos comenzaron a ser absorbidos por la total supeditación al Estado y al Partido Comunista, siguiendo la tradición leninista que considera a los sindicatos y a las organizaciones sociales como "poleas activas de transmisión de las directivas revolucionarias" y "escuela de educación política de las masas", con lo que se destruyó la autonomía del movimiento sindical y de la totalidad de la sociedad civil.
En los momentos actuales cuando Cuba se prepara para la transición democrática y la reconciliación nacional, la CTC como la legítima representante de los trabajadores tendrá que recurrir en el complicado proceso de reconstrucción de la nación a aquellos principios que motivaron su origen y razón de ser que a pesar del paso de los años mantienen plena vigencia: la autonomía sindical del Estado y del oficialismo gubernamental; y su carácter unitario, pluralista y democrático. Esos son los valores positivos que deben recuperar el sindicalismo independiente y los sectores moderados y renovadores dentro de la CTC, de las instituciones gubernamentales y los trabajadores para orientar los nuevos rumbos del sindicalismo nacional. La CTC aquella princesa llena de valores que ha sido quebrantada por los errores de algunos de sus dirigentes y de las élites partidistas y gubernamentales tanto en la etapa republicana como en la revolucionaria, tiene todavía mucho que andar en nuestra patria y enormes virtudes para entregarnos.
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