Nacimiento, Desarrollo y Muerte del Sindicalismo Cubano
Dimas Cecilio Castellanos Martí
Primer premio del concurso
literario
"El Centenario de la República de Cuba y el Movimiento de los Trabajadores",
convocado por la Solidaridad de Trabajadores Cubanos STC durante el año 2002.
Síntesis biográfica
Dimas Cecilio Castellanos Martí, 59 años, cubano.
Antes de 1959 trabajó como ayudante en varios oficios. Posteriormente trabajó como soldador eléctrico en la construcción de la termoeléctrica Renté y en la Planta de Viviendas Prefabricadas de Santiago de Cuba. Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana en 1975. Separado de su labor como profesor de filosofía marxista en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana y expulsado posteriormente en 1992 por sus ideas políticas. Es miembro de la Corriente Socialista Cubana desde 1992. Director del Centro de Estudios del Socialismo Democrático "Diego Vicente Tejera" y Codirector de la Cátedra de Estudios Sociales y Humanísticos "Padre Félix Varela" de la Mesa de Reflexión de la Oposición Moderada. Miembro del ejecutivo de la Federación de Periodistas de Cuba. Escribe artículos de opinión para Encuentro en la Red.
INTRODUCCIÓN
La celebración del centenario de la República constituye un momento ideal para reflexionar acerca del movimiento sindical y la oportunidad brindada por Solidaridad de Trabajadores Cubanos, un excelente marco para analizar las causas que condujeron al sindicalismo de la Isla a la pérdida de su identidad y a su desaparición.
Con ese propósito comienzo con una definición de lo que entiendo por sindicalismo, realizo un sucinto recuento histórico -separado en cuatro períodos- en los cuales me limito a señalar los aspectos de interés para la tesis que intento demostrar: la imposibilidad de existencia del sindicalismo despojado de la independencia, y termino con unas conclusiones , sin intentar, con ello, agotar un tema tan complejo y definitorio.
Los sindicatos son asociaciones de trabajadores que forman parte de la sociedad civil. Representan y defienden los intereses de sus afiliados ante los empresarios y gobiernos. Su esencia radica en la independencia; cuentan con recursos propios que les permiten interactuar y debatir libremente sus problemas comunes y participar en los procesos políticos, económicos, sociales y culturales de la nación en función de sus intereses. Sus métodos van desde acciones violentas, pasando por las huelgas, hasta las negociaciones.
El surgimiento de las asociaciones de trabajadores está relacionado con la introducción del salario como forma de redistribución de la riqueza producida; proceso que se inició en Cuba durante el siglo XIX en las industrias azucarera, tabacalera, ferroviaria y constructiva, en la medida que el trabajo esclavo se tornaba obsoleto.
Nacimiento
Los embriones del sindicalismo cubano lo encontramos en las sociedades de artesanos, gremios, corporaciones, sociedades de socorros mutuos y en los cabildos afrocubanos. Sus primeros señales de existencia se producen a partir de 1865 en las huelgas en la industria del tabaco; en la fundación de la "La Aurora" y "El Artesano", primeros periódicos sindicales de la región; y en la creación de organizaciones como la Asociación de Tabaqueros de La Habana. Al finalizar la Guerra de los Diez Años el movimiento se extendió a los ferrocarriles, la construcción y los puertos y en la década del 80 ya estaba presente en todas las ciudades de importancia, se habían creado las dos primeras asociaciones sindicales amplias y se habían celebrado los congresos obreros en 1887 y 1892; organizaciones que existieron de forma ilegal hasta que, en pleno colonialismo, se dictó la Ley General de Asociaciones en 1888.
Durante la ocupación norteamericana en 1899 ese movimiento se reactivó. En ese proceso la Liga General de Trabajadores Cubanos (LGTC) y especialmente los partidos socialista-democráticos fundados por Diego Vicente Tejera desempeñaron un destacado rol en su fundamentación. El Partido Socialista Cubano, primer partido obrero y primer partido socialista fundado en Cuba se definía en su manifiesto inicial como un partido de paz, que sólo empleará la propaganda, la discusión y la fuerza moral, es decir la palabra libre, la pluma libre y el voto en el Parlamento, convencidos de que la violencia no da triunfos tan complejos y duraderos como los de la razón y el amor. Tesis que debería calificarse como el fundamento del sindicalismo cubano.
Las huelgas declaradas a partir de enero de 1899 respondían a las necesidades más inmediatas de los trabajadores, por ello tenían como denominador común la lucha por la disminución de la jornada laboral y el aumento salarial. La generalización de la prensa obrera y el crecimiento del número de huelgas constituían una viva expresión de la extensión del movimiento. Ese fortalecimiento en época tan temprana se torna incomprensible si no se tiene en cuenta que desde el surgimiento de la República el naciente sindicalismo contaba con los fundamentos de derechos humanos imprescindibles para su despegue. Nuestra primera constitución republicana, aunque algunos se empeñen en negarlo, reconocía, además de la igualdad de los cubanos ante la Ley, las libertades de expresión, de reunión y de movimiento, el derecho de dirigir peticiones a las autoridades y el derecho de hábeas corpus, acorde con las ideas más avanzadas de la época.
De 1902 a 1930
Un hecho no podemos soslayar: el siglo XX cubano nace marcado por una herencia ético-moral, preñada de elementos negativos que van a estar presentes en las relaciones sociales y en la conformación de las conductas ciudadanas. La República montada sobre la simbiosis de hacendados y políticos vinculados a intereses extranjeros, con una sociedad civil emergente sin vínculos con el poder y con problemas raigales irresueltos impidieron la participación ciudadana en los asuntos nacionales y definieron los desencuentros entre política y sociedad y entre Nación e intereses privados.
La comprensión de ese cuadro social permite explicar lo que Jorge Mañach denominó "vacío de intencionalidad colectiva" es decir, ausencia de orientación y programa para encauzar al país hacia un destino común. Esas conductas ético-morales se pueden agrupar en tres discursos: una moral instrumentalista, característica de la élite político-económico-militar, preñada de personalismo, caudillismo, corrupción, violencia y desconocimiento del diferente, reducida en lo fundamental a la obtención de utilidades; una moral cívica, discurso de minorías conformadas por los veteranos, la élite intelectual y la juventud sindicalista y universitaria que una vez en el poder se deslizó hacia una totalización del Estado y una moral del sobreviviente o de las mayorías, reflejo de las continuadas frustraciones por el alto precio pagado en busca de la libertad, de oportunidades y de participación que se manifiesta en acciones concretas e inmediatas para la sobrevivencia, mientras sus decepciones se reflejan en la doble moral, el mimetismo y el choteo. Tres discursos que se mezclan y entrecruzan a lo largo del siglo y que están presentes en los de nuestro siglo XX.
En noviembre de 1902, a sólo seis meses de inaugurada la República, se declaró la Huelga de los Aprendices. El rechazo patronal desató un violento conflicto que paralizó la vida económica de la capital y se extendió a otros sectores y regiones del país. Aunque las demandas no fueron satisfechas inmediatamente, desde ese momento, gracias a la mediación de un grupo de Veteranos de la Guerra de Independencia, la negociación indicó el camino más viable para el desarrollo de las relaciones obrero-patronales.
Las huelgas se extendieron por toda la Isla con paros de importancia como el de los Albañiles y Ayudantes, el de la Moneda, los tabaqueros, varios ingenios azucareros y el paro del Alcantarillado. Su diferencia con las primeras huelgas estaba en la mayor organización, claridad de objetivos y tiempo de duración. Aunque carecieron, una vez desaparecidos los partidos socialdemócratas y la LGTC, de una doctrina moderada.
Ese proceso no fue inútil, además de algunas conquistas y de la acumulación de experiencias, el empleo de la huelga como método para lograr mayor justicia redistributiva, influyó en la aprobación de varias legislaciones obreras: la definición de los días festivos y de duelo; la jornada de 8 horas para trabajadores del Estado; la Ley Arteaga que prohibió el pago en fichas y vales y la Ley de 1910 que estableció el cierre de establecimientos comerciales y talleres a las seis de la tarde.
Posteriormente las oscilaciones de los precios y las dificultades en la exportación de azúcar causadas por la Primera Guerra Mundial, conjuntamente con los bajos salarios, el alto costo de la vida y las precarias condiciones, generaron un nuevo período de huelgas. A ello se unió la influencia de la Revolución de Octubre. La tesis marxista de la lucha de clases como motor de la historia -sustentada por los partidos marxistas fundados desde 1905-se erigió en la corriente más influyente del momento. Lo económico se subordinó a la idea política de la toma del poder. No por casualidad el Partido Comunista de Cuba y la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) se fundaron el mismo año.
En este período se crearon nuevas instituciones como la Central Obrera de La Habana (COH) y se declararon cientos de huelgas acompañadas de sabotajes y boicots propios del anarquismo y del predominio de la violencia dentro del movimiento obrero. Sin embargo, los permanentes conflictos obrero-patronales que perjudicaban los embarques de azúcar condujeron en 1924 a crear las Comisiones de Inteligencia Obrera de los Puertos. Esas Comisiones, con poderes legislativos y ejecutivos, dejaron una gran experiencia acerca de la validez del diálogo obrero-patronal como método de negociación.
La CNOC, primera organización sindical con carácter nacional fundada en 1925 sufrió fuertes represiones ante las cuales los comunistas actuaron diligentemente, denunciaron la política de Machado y apoyaron las huelgas, lo que les permitió el control de la CNOC en 1928 y su incorporación a la III Internacional (comunista) en 1929.
De 1930 a 1940.
Este período, marcado por una recesión mundial, fue uno de los más intensos del sindicalismo. El arancel proteccionista establecido en los Estados Unidos y la caída de los precios del tabaco y el azúcar provocaron el cierre de varios ingenios, disminución de la producción, aumento del desempleo, rebaja en los salarios y demora en los pagos; lo que se reflejó directamente en el empeoramiento de las condiciones de vida y por tanto en las huelgas bajo la influencia de la idea marxista de la lucha de clases.
En respuesta Gerardo Machado suspendió la CNOC, la Federación Obrera Nacional y otras organizaciones obreras, mientras los sindicatos respondían con la huelga de marzo. Sólo en la zafra 32-33 pararon 25 ingenios y más de 100 colonias de caña. En 1933 la ola de huelgas alcanzó el transporte urbano de La Habana. Ante el Estado de Emergencia decretado por el gobierno los trabajadores lanzaron la huelga general del 5 de agosto que contó con el apoyo de todos los sectores sociales, algo sin precedentes en la historia de Cuba. El intento de Machado y de los comunistas -situando ambos los intereses personales y de partido por encima de los intereses de los trabajadores y de la nación- de negociar el cese del paro fracasó. Paradójicamente, Machado, que había asegurado que ninguna huelga duraría más de 24 horas, salía del poder precisamente por la huelga más fuerte del movimiento obrero cubano.
La llamada "Revolución del 33" reactivó aún más la efervescencia sindical, surgieron nuevas federaciones y continuaron huelgas de importancia como la de los empleados de la Secretaría de Comunicaciones en 1934 y la de marzo de 1935 que adquirió características de levantamiento popular. Aunque fueron disueltas la CNOC y otras centrales sindicales, en menos de un mes se ocuparon más de 30 ingenios y en algunos de ellos se crearon Soviet de Obreros y Campesinos y Milicias Rojas a imagen y semejanza de Rusia. La idea de la lucha de clases estaba en pleno apogeo.
Como a la tormenta le sigue la calma, los gobiernos de Grau San Martín, Carlos Mendieta y Federico Laredo Bru realizaron un esfuerzo por dotar al país de una legislación laboral que comprendió: la jornada de 8 horas; legitimidad y facultades de los sindicatos; salario mínimo para los trabajadores azucareros; creación de la Secretaría del Trabajo; derecho de huelgas; nacionalización del trabajo. Todo ello unido al Decreto 276 que contenía la estabilidad del empleo, vacaciones retribuidas 15 días a l año, licencia por enfermedad, licencia retribuida por maternidad, creación de las bolsas de trabajo, el derecho de negociación colectiva y otras medidas acorde con la OIT y culminó con el Decreto 798 de abril de 1938, el más importante en legislación laboral republicana. La normalización del país encaminó el sindicalismo por la vía de la negociación. Se fundó la CTC a fines de enero de 1939 y se declaró disuelta la CNOC.
De 1940 a 1959.
Este período comienza con la Constitución de 1940, la cual dedicó 27 artículos del Título VI a los derechos individuales y colectivos del trabajo. Fue el reconocimiento legal de los frutos de 38 años de lucha sindical republicana donde se recogió desde el salario mínimo hasta las pensiones por causa de muerte.
Fue un período de ascenso económico nacional. El 75% de los ingenios que molían las dos terceras partes del crudo ya estaban en manos cubanas; la producción de azúcar sobrepasó los 7 millones de toneladas; el Producto Nacional Bruto se multiplicó y el ingreso per cápita se convirtió en el cuarto más alto de América Latina. Las estadísticas de Naciones Unidas situaban a Cuba entre los tres primeros países de la región en varios indicadores. Ese progreso económico, unido al fortalecimiento de la CTC auguraba el advenimiento de una mayor justicia social.
Es significativo que durante los primeros cuatro congresos, además de los aspectos laborales, la CTC se pronunció por el desarrollo de la economía, la protección de la pequeña industria, la creación del Banco Nacional y otras medidas encaminadas al fortalecimiento del sistema vigente.
El predominio de la negociación colectiva en los métodos de lucha convirtió a los sindicatos en un sector fuerte e importante de la sociedad civil y muchas de sus demandas se convertían rápidamente en leyes. Cada Primero de Mayo una manifestación obrera concluía en el Palacio Presidencial y presentaba la lista de demandas obreras al Presidente. El Retiro de Plantas Eléctricas construyó el moderno edificio de Carlos III que arrendó a la Compañía de Electricidad; el Retiro Gastronómico construyó el Habana-Hilton y el de Artes Gráficas procedió a desarrollar el reparto Gráfico. Fue construido el Palacio de los Trabajadores con aportes obreros y donativos gubernamentales.
Precisamente en ese momento la vieja pugna entre auténticos y comunistas se agudizó. Durante las elecciones de 1944 el Partido Socialista Popular (PSP) apoyó la candidatura de Batista y la Confederación Obrera Nacional (CON) a Grau. Con la victoria auténtica los comunistas perdieron la base de sustentación gubernamental. El desenlace se produjo durante el llamado V Congreso, que fueron realmente dos: uno auténtico integrado por la CON y la CONI y el otro comunista. Por resolución el Ministerio del Trabajo declaró legítimo al primero y los representantes del PSP fueron desalojados del Palacio de los Trabajadores. En 1949 el VI Congreso eligió a Eusebio Mujal como Secretario General, el cual fue reelegido en el VII Congreso celebrado en 1951.
La orden de huelga general dada por Mujal ante el Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 no tuvo repercusión. Una hora después Mujal aceptó la oferta de Ministro de Trabajo de Batista consistente en retirar la orden de huelga a cambio de conservar los derechos adquiridos por los trabajadores, respetar en sus cargos a los dirigentes sindicales y mantener el status quo de la CTC. Tres días después Mujal se entrevistó con Batista para brindarle su apoyo. Así de simple y absurdo la CTC se cruzó de brazos ante el funesto acontecimiento. Hay que destacar que también fue nula la protesta de los sindicalistas del PSP. Esa actitud que puede explicarse, desde mi punto de vista, por la carencia de una conducta cívica generalizada. Nuestras carencias históricas hicieron acto de presencia: la indiferencia por las continuadas frustraciones, el personalismo, el caudillismo y la subordinación de la nación a los intereses personales, lo que hacía a los trabajadores, interesados por sus demandas inmediatas, ajenos a los destinos de la nación.
Batista, conciente de la importancia de los
sindicatos, tuvo el cuidado de dictar algunas medidas beneficiosas para los
trabajadores y sus relaciones con la CTC se convirtieron en una política de
colaboración mutua. Sin embargo, desde 1953 aumentó nuevamente el número de
huelgas las cuales fueron aprovechadas por la oposición. La CTC se metió en un
callejón sin salida. Si apoyaba las huelgas serían aprovechadas por la
oposición; si no las apoyaba se ganaba la antipatía de los trabajadores. Mujal
tomó el segundo camino hasta el punto de crear grupos paramilitares contra el
propio movimiento obrero. Así la decadencia de la CTC, en su alianza con la
dictadura, arrastró al sindicalismo cubano.
Después de 1959.
Fidel Castro, al igual que los gobiernos anteriores, requería del movimiento sindical para realizar su proyecto; interés que había manifestado desde la Sierra Maestra. La huelga general del 1 al 5 de enero le permitió hablar del movimiento obrero como factor decisivo del triunfo. Paso a paso fue tejiendo una leyenda sobre un protagonismo obrero inexistente hasta crear una ilusión de participación. Lo demás lo llenaría con las medidas populistas de rebaja en los alquileres, la electricidad, los teléfonos y los aumentos salariales.
El 22 de enero de 1959, como algo esperado, la CTC fue disuelta y sustituida por la CTC-R con una directiva provisional encabezada por David Salvador y Conrado Bécquer. Fue el primer paso práctico para subordinar el movimiento sindical. La resistencia de grupos urbanos impulsados por la Federación de Obreros y Empleados del Comercio crearon el Frente Obrero Humanista (FOH) donde se aglutinaron 25 de las 33 federaciones de industrias bajo el lema ¡Ni Washington ni Moscú!.
Durante mayo y junio se celebraron las elecciones para reemplazar las directivas provisionales en medio de una gran lucha. El deseo de los comunistas de rescatar la CTC terminó en un rotundo fracaso, hasta que finalmente el conflicto se decidió en el X Congreso celebrado en noviembre de 1960. David Salvador se encargó de poner en evidencia la pérdida de identidad de la CTC cuando expresó que los trabajadores no habían ido al Congreso a plantear demandas económicas sino a apoyar a la revolución y ante la pregunta de Emilio Máspero, observador del Movimiento Social Cristiano, acerca de cuál era el proyecto de los trabajadores, respondió sin titubear: "Lo que diga el Comandante".
El enfrentamiento entre comunistas y anticomunistas pasó de los gritos a los puños y de ahí a la intervención policial. En ese estado Fidel insistió en la unidad, pero 25 de las federaciones dejaron constancia de su disposición a separarse de la CTC-R si se aceptaba la unidad con los comunistas; lo que constituyó la manifestación anticomunista más decidida de un sindicalismo que se debatía entre la vida y la muerte.
En la noche del 22 de noviembre, sin otra opción, Fidel volvió a la carga y calificó al congreso de asilo de locos. Expresó sentirse contrariado al ver que la clase obrera se negaba a sí misma la oportunidad de defender y guiar la revolución. Seguidamente propuso un voto de confianza a la candidatura de David Salvador y luego, violando la independencia sindical, se procedió a la elección de la directiva en su presencia. Por consenso se elaboró una candidatura que dejó fuera a los comunistas y anticomunistas más destacados, la que fue aprobada unánimemente. Inmediatamente después el Ministro del Trabajo fue investido de las facultades para realizar pos congreso lo que fue imposible durante sus sesiones. Comenzó la despedida de dirigentes sindicales y la intervención de sindicatos y federaciones; proceso que se inició por la Asociación Cubana de Artistas Teatrales y terminó cuando la mayoría de los dirigentes electos para el X Congreso quedaron excluidos.
Esa operación, como en momentos anteriores de nuestra historia, fue presenciada impávidamente por la clase obrera. Era el resultado de la aureola revolucionaria, el carisma del líder, las medidas populistas y la negación del carácter comunista, pero sobre todo, de la pérdida gradual de la independencia del sindicalismo, sin el cual se pierde su esencia.
Los últimos reductos del sindicalismo independiente realizaron una manifestación de protesta por las calles de La Habana el 9 de diciembre de 1960 y fueron expulsados del M-26-7 y de la CTC.
La intervención de empresas en 1960 finalizó con 11 mil entidades industriales, comerciales, financieras o de servicios en manos del Estado. Sin embargo, a pesar de que este proceso se realizó en nombre de la clase obrera, ninguna de las empresas adquiridas pasó a sus manos para ser autogestionada por los supuestos dueños del poder.
Ya en el XI Congreso de la CTC-R no quedaban vestigios del otrora movimiento obrero. Por vez primera se postuló un candidato para cada puesto y la directiva electa fue esencialmente del PSP, encabezada por Lázaro Peña. En este congreso los delegados, representando no a los trabajadores, sino al gobierno, renunciaron a casi todas las conquistas históricas del sindicalismo cubano: los 9 días de licencia por enfermedad, al bono suplementario de navidad, la jornada semanal de 44 horas y al incremento constitucional del 9.09% entre otros. El movimiento obrero quedó bajo control del Estado y la CTC transformada en su brazo auxiliar. Para el XII Congreso -en el cual tuve la oportunidad de participar como delegado por la sección sindical de Viviendas Prefabricadas de Santiago de Cuba- ya los sindicatos, de acuerdo a la esencia que los define, habían desaparecido. El Partido Comunista eligió la fecha y designó la Comisión Organizadora encabezada por un cuadro proveniente de la UJC y Lázaro Peña fue sustituido oficialmente.
Los resultados se reflejaron en la Constitución de 1976. El artículo 4 declara teóricamente que todo el poder pertenece al pueblo trabajador y los escasos seis artículos del Capítulo VI dedicados a los derechos de los trabajadores ignoran casi todo lo alcanzado por el movimiento sindical y plasmado en las constituciones de 1901 y 1940.
Una reflexión a modo de conclusión
Tres tesis importantes se corroboraron con la historia del sindicalismo cubano: 1- el tránsito del enfrentamiento a la colaboración, 2- el carácter vital de la independencia y 3-la precariedad de las conductas ético-morales.
1- Como la contradicción obrero-patrono se produce en la zona de la redistribución, donde cada una de las partes trata de obtener los mejores dividendos, y como sólo se puede distribuir lo que se produce, la negociación colectiva tiene la ventaja de convertirse en factor productivo. En lugar de los fundamentos del diálogo y la moderación propuestos por Diego Vicente Tejera en el momento fundacional del sindicalismo predominó la idea de la lucha de clases preconizada por marxistas y anarquistas hasta que durante el gobierno de Federico Laredo Bru se impuso definitivamente la negociación colectiva. Sin embargo, los alcances económicos no fueron acompañados de la formación de una cultura cívica de participación política desde los intereses de los trabajadores.
2- Así como los sistemas totalitarios no admiten la pluralidad, el sindicalismo desaparece en ausencia de la independencia y la libertad. Esa ausencia y la subordinación del sindicato al sistema político totalitario en el caso de Cuba, están relacionadas con la debilidad institucional de la sociedad civil, la menguada conducta cívica de los ciudadanos, los efectos negativos del golpe militar de Batista, la traición del mujalismo y la falta de ética comunista, así como con la subordinación de la CTC-R a Fidel Castro. Sus funciones, al depender del gobierno, dejaron de emanar de sus necesidades e intereses, lo que condujo directamente a la pérdida de la identidad y a su desaparición, aunque eufemísticamente conserve la nominación de sindicatos.
3- El predominio de la moral instrumentalista de las élites y de la moral de sobrevivencia de las mayorías permiten comprender cómo el proceso de extensión y consolidación del movimiento obrero culmina en la pérdida de su identidad y en la renuncia de lo logrado con sus luchas, es decir, en la subordinación y su desaparición como tal. Experiencia que nos demuestra la relevancia que tiene la estrecha relación entre economía, política y civismo.
Por eso, antes de intentar estructurar un nuevo movimiento sindical, se impone reflexionar sobre las causas que condujeron al actual estado de cosas, y especialmente acerca de la gran carencia actual de nuestra sociedad: la ausencia de conductas cívicas, sin las cuales todo lo demás estará condenado al fracaso.
Bibliografía
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http://webstc.org/index.html